
Siempre he pensado que mi gusto por la lectura, por zambullirme en un universo fantástico, por descubrir otros universos, otras vidas, otras formas de pensar, se lo debo principalmente a mi padre, y a su gusto por los libros. A lo largo de mi existencia he saltado desde las novelas de aventura a los ensayos filosóficos, he disfrutado de la literatura erótica así como de la poesía, el cuento y el drama. Se aprende de la lectura, por mucho que algunos políticos bolivianos piensen lo contrario.
Uno de los autores que más me impresionaron, seguramente por su capacidad de adelantarse a su tiempo, es, sin lugar a dudas, Nietzsche. En El nacimiento de la tragedia (1872) este autor alemán opone dos tendencias del arte griego que convierte en principios antitéticos de todas las artes: lo apolíneo y lo dionisiaco. Su análisis pretende aprehender las fuerzas impulsivas y conformantes de la creación artística, según las cuales todo arte evoluciona.
El espíritu apolíneo simboliza la racionalidad, la serenidad, el equilibrio, la medida, la disciplina, la sensatez, conciencia personal, la armonía y la claridad: es la forma artística sometida al límite del sueño y al principio de la individualización.
El espíritu dionisiaco representa lo erótico, la desmedida, los deseos excesivos, el placer sin límite, la afirmación de la vida, lo desbordante, la embriaguez y la negación de la conciencia personal. Lo dionisíaco no es la anarquía bárbara de las fiestas y de las orgías paganas: está entregado a la ebriedad, a las fuerzas incontroladas del hombre que renacen con la primavera, a la naturaleza y al individuo reconciliado. En él, el hombre se siente como un dios que destruye todas las barreras e invierte los valores tradicionales, "el hombre deja de ser artista, se ha convertido en obra de arte", apunta Nietzsche.
A pesar - o más bien, a causa de - su naturaleza inversa, lo apolíneo y lo dionisíaco no pueden existir uno sin el otro; se completan en el trabajo creador, provocan el nacimiento del arte griego y, de un modo más general, el de la historia del arte.
Esta oposición de fuerzas gobierna nuestras vidas, y asistimos a una pugna constante en la que lo importante es estar atentos en cuál de esos estados vivimos el momento y dejarlos fluir.
Escrito | Daniel González Gómez-Acebo